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Mindful Eating: atención plena al comer

Al igual que el Mindfulness, el mindful eating incluye la realización de ejercicios, pero lo más relevante es lo se puede aprender para llevar al día al día.

Poder incorporar mindful eating a las comidas diarias va a beneficiar la digestión al estimular los órganos digestivos, garantizar la saciedad por estar comiendo con la mente y el cuerpo alineados, lograr la paz mental al haberse dedicado un momento de tranquilidad, y bajar los niveles de estrés y ansiedad con la comida al regular el sistema nervioso y permitirse salir del modo automático.

Mindful Eating consiste en hacerse el espacio y el tiempo para comer con presencia y conciencia, dejando los estímulos externos y los juicios internos de lado, dedicándose un momento personal, para nutrirse y hacer del acto de comer algo sagrado.

Cultivar la capacidad de desacelerar el ritmo y disfrutar del presente, saboreando con todos los sentidos, es algo que seguramente se terminará aplicando a otros aspectos de la vida.

La atención plena ayuda a que volvamos a nuestro equilibrio interno. No se trata de una práctica en la que se intenta controlar la mente, sino de enfrentar la realidad al estar en el aquí y ahora, libre de juicios. 

La práctica del mindful eating es intencional y consiste en hacer un ejercicio específico para crear una experiencia primero neutra y luego placentera con la comida.

Ejercicio de Mindful Eating

Cuando nos sintamos en desconexión con nuestro cuerpo o nuestra alimentación, podemos llevar adelante este paso a paso de mindful eating y tenerlo como herramienta las veces que sean necesarias.

  1. Tomá un pedazo de comida, entre el dedo índice y el pulgar, y cerrá los ojos. Sentí el tamaño del alimento entre tus dedos, su textura, su temperatura. E imaginá, si no hubieses visto el alimento que era, qué más podría ser.
  2. Acercalo a tu nariz, olelo. Inhalá en cuatro tiempos y exhalá en seis tiempos.
  3. Luego, abrí los ojos, mirá el alimento, inspeccionalo e investigalo, como si fuera un extraterrestre que llegó a la tierra y no sabe absolutamente nada de lo que tiene en sus dedos. Imaginate a qué sabe, cómo se siente, si se disuelve o no se disuelve, cómo te cae, si te gusta o no, si le cambiarías la forma o el color. Mirá cada detalle y cada singularidad como si fuese perfecta. Pensá a qué se parece o cómo lo llamarías si no supieses su nombre.
  4. Ahora llegó el momento de comerlo. Inhalá en 4 tiempos, exhalá en 6 y mordé lo más lento que puedas. ¿Qué sentís? Colocalo en la punta de tu lengua y experimentá su peso, y andá percibiendo cómo se derrite, cómo se deshace. Todavía no lo mastiques. Llevalo hacia el paladar, que quede entre tu lengua y el paladar. ¿Qué sentís en el pecho? ¿Y en el estómago? ¿Qué temperatura tiene? ¿Cómo está tu respiración?
  5. Empezá a masticarlo muy suavemente, muy despacio, prestando atención a las sensaciones en tu cuerpo y en tu boca. ¿Sentís relajación?, ¿nervios?, ¿ansiedad? Pensalo. Y recurrí a tu respiración para volver a ese cuatro por seis, cuatro inhalo, seis exhalo y regular tu ritmo y frecuencia cardiaca. Masticalo suave para que se disuelva, no lo tragues todavía. Sentí el sabor, el olor, la textura dentro de tu boca, cómo fue mutando. Y cuando ya esté totalmente disuelto ese alimento en tu boca, si es que no se disolvió, podes terminar de masticarlo.
  6. Luego hacé una respiración profunda, exhalá por la nariz y tragalo. Sentí como recorre tu esófago hasta llegar a tu estómago. Imaginate como sigue su curso a través de tu sistema digestivo con total armonía. Podés imaginar una luz blanca recorriendo tu sistema digestivo por dentro.

Al finalizar, date un momento para reflexionar sobre cómo sentiste tu cuerpo y tu mente haciendo el foco en el presente y en el alimento elegido. Podes anotar en un cuaderno toda la información que aparezca en tu mente.

Lic. Camila Pettinari Mat. 1795